El Árbol del Picho

Micro-relato

Cierta tarde de noviembre, bajo un cielo gris y un aire frío que parecía presagio, avancé por la calle con paso sereno. El árbol, oscuro y retorcido, aguardaba en la banqueta como centinela de un secreto.

De pronto, un aleteo rasgó el silencio: el picho, negro como la sombra de la noche, descendió con furia sobre mi cabeza. Sus garras rozaron mi piel, su ala golpeó mi sien, y en su mirada ardía un fuego que no era de este mundo.

Otros transeúntes pasaban indemnes, ajenos al conjuro. Solo yo era señalado, marcado por aquel mensajero de lo oculto. Sentí que no era un ave, sino un espectro salido de algún cuento de Poe, un guardián de misterios que me había elegido como víctima o testigo.

Crucé la calle apresurado, pero su sombra me siguió. Desde entonces, cada vez que me acerco a ese árbol, el aire se espesa y el recuerdo del picho me persigue, como si la ciudad misma hubiera decidido que mi destino está escrito en alas negras.


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