El año pasado por el mes de abril,
hice yo un viaje por ferrocarril,
y en un carro Pullman como es de rigor
iba yo instalado a todo confort.
Cerca de mi asiento y muy amartelados
iba una pareja de recién casados,
a pasar sin duda en algún hotel
dos o tres semanas de luna de miel.
Bien se comprendía por sus cuchicheos
que de llegar pronto tenían deseos;
él era un muchacho de porte elegante,
y ella era una dama muy interesante.
Que entusiasmada de oír tantas flores
se ponía la pobre de veinte colores,
y él al contemplarla en tan grave estado,
también se ponía verde y colorado.
Y yo que de reojo miraba la escena,
que era interesante y por demás amena,
también como ellos cambié de semblante
y me puse al verlos de modo alarmante.
Porque... ¿quién contempla con la sangre fría
de recién casados tantas tonterías?
Después de seis horas de regocijarse,
muy entusiasmados fueron a acostarse.
Las camas de abajo tan solicitadas
iban por desgracia todas ocupadas.
Así es que por necesidad
tomaron las de arriba contra su voluntad.
Y yo que renegaba de mi mala estrella
tuve que ir debajo de la cama de ella.
Quedose al momento el carro en silencio,
y diálogo como este a poco presencio:
Inés, vida mía, ¿quieres darme un beso antes de acostarte?
—Ay Enrique, ¿por qué no te esperas? y cuando lleguemos te doy todos los que quieras.
—Anda, no seas mala, dame un beso por amor de Dios y verás qué a gusto dormimos los dos.
—No, porque puede ser que alguien nos esté mirando y luego mañana vaya murmurando.
—Anda, dame un beso por amor de Dios y verás qué a gusto dormimos los dos.
—No, porque puede ser que al mozo lo llamen y al vernos besando de fijo se escame.
—Oh, no hagas caso que en este momento a sueño profundo duerme todo el mundo.
Y yo que aquel debate me cansé de oír,
pues no me dejaban tranquilo dormir,
salté de mi lecho repentinamente
y dije a la dama respetuosamente:
¡Señora! ¿quiere usted hacer el favor de un beso tan solo darle a este señor?
No sea usted ingrata, resuélvase Inés, y verá qué a gusto dormimos los tres.