El viaje de recién casados

El año pasado por el mes de abril,

hice yo un viaje por ferrocarril,

y en un carro Pullman como es de rigor

iba yo instalado a todo confort.

Cerca de mi asiento y muy amartelados

iba una pareja de recién casados,

a pasar sin duda en algún hotel

dos o tres semanas de luna de miel.

Bien se comprendía por sus cuchicheos

que de llegar pronto tenían deseos;

él era un muchacho de porte elegante,

y ella era una dama muy interesante.

Que entusiasmada de oír tantas flores

se ponía la pobre de veinte colores,

y él al contemplarla en tan grave estado,

también se ponía verde y colorado.

Y yo que de reojo miraba la escena,

que era interesante y por demás amena,

también como ellos cambié de semblante

y me puse al verlos de modo alarmante.

Porque... ¿quién contempla con la sangre fría

de recién casados tantas tonterías?

Después de seis horas de regocijarse,

muy entusiasmados fueron a acostarse.

Las camas de abajo tan solicitadas

iban por desgracia todas ocupadas.

Así es que por necesidad

tomaron las de arriba contra su voluntad.

Y yo que renegaba de mi mala estrella

tuve que ir debajo de la cama de ella.

Quedose al momento el carro en silencio,

y diálogo como este a poco presencio:

Y yo que aquel debate me cansé de oír,

pues no me dejaban tranquilo dormir,

salté de mi lecho repentinamente

y dije a la dama respetuosamente: